

La pandemia es uno de esos momentos que no nos gusta recordar, pero lo cierto es que también nos dejó algunas cosas buenas, que a día de hoy nos siguen acompañando y ya hace casi seis años. Muchos aprendimos a hacer videollamadas y descubrimos lo útiles que podían ser. Nuestros salones se convirtieron en oficinas y la posibilidad de trabajar online fue otro gran descubrimiento.
Y no podemos olvidar esa generación entera convertida en chefs improvisados, convencidos de que se podía elaborar una receta del más exquisito restaurante con tan solo ver un vídeo de 30 segundos en alguna red social. El resultado: miles de cocinas convertidas en campos de batalla; hornos echando humo como si fueran locomotoras antiguas o encímelas cubiertas de harina que acababa repartida por toda la casa. Algunos conseguían reproducir la receta con cierta dignidad, pero a muchos se nos quedaba cara de “bobos” viendo el nulo parecido entre nuestra elaboración y el delicioso plato que queríamos imitar.
Y es que la cocina tienen algo maravilloso: la capacidad de hacernos creer que todo puede salir bien, hasta que deja de hacerlo…
Crónica de una salsa que no quiso ligar

El principio suele ser idéntico: “esto parece fácil”. Error de principiante. Has visto un tutorial de 20 segundos, donde alguien prepara una salsa cremosa digna de un reputado restaurante italiano. El cocinero sonríe y lo hace todo fácil. La salsa no puede ser más apetecible y todo parece sencillo. Piensas: “¡voy sobrado!”.
Pero, cinco minutos después tienes una mezcla extraña, grumosa e inestable que parece tener personalidad propia. Remueves con energía. Luego con desesperación y finalmente aceptas el hecho de su parecido con la receta original es nulo.
La receta decía “añadir poco a poco”, pero tú pensaste: si lo echo de golpe ganaré tiempo y seguro que funciona igual… Y ahí estás, mirando la sartén en silencio e intentando convencerte de que puede que no sea igual pero seguro que está buena. Pero no…
Y es exactamente en esos momentos cuando te das cuenta del verdadero valor de las soluciones fáciles. Porque mientras tú negocias con una salsa que parece cemento armado, hay opciones que te habrían evitado el drama. Como cuando descubres que puedes disfrutar de una deliciosa lasaña de La Cuina, sin convertir toda tu cocina en un campo de batalla.
El milhojas que convirtió tu cocina en la “escena de un crimen”

Hay recetas que deberían ir acompañadas de una advertencia legal. El milhojas es una de ellas. Todo empieza con una frase aparentemente inocente: “solo necesitas paciencia”. ¡Mentira!
Lo que realmente necesitas son tres horas libres, estabilidad emocional, doce utensilios distintos y la capacidad de aceptar que tu cocina acabará pareciendo la escena de un crimen. Y es que el milhojas tiene la habilidad de ensuciar absolutamente todo.
No importa cómo lo hagas. La mantequilla aparecerá en lugares físicamente imposibles. La harina colonizará cada superficie de la casa. Y habrá un momento exacto donde empezarás a preguntarte si de verdad merecía la pena tanto sufrimiento para crear algo que, honestamente, acabará pareciendo una manualidad escolar hecha con el peor hojaldre comprado.
Siempre pasa lo mismo: en las fotos de internet las capas son perfectas, simétricas y elegantes, pero las tuyas parece que han salido de una pelea a vida o muerte.
Y mientras intentas rescatar la “estructura” inclinando el plato con precisión quirúrgica, entiendes por qué tanta gente recurre a platos preparados de calidad. Porque existe una gran diferencia entre recetas “cocinadas como en casa” y elaborar recetas que convierten tu cocina en un reality de supervivencia culinaria.
La tortilla que provocó un cisma familiar

Si hay una debate capaz de dividir familias enteras no es la actualidad política, es la tortilla. Poco hecha, bien hecha. Jugosa o completamente cuajada. Con cebolla o sin. Las patatas crujientes o blanditas… Siempre hay alguien que la quiere “jugosita”, pero luego está el que mira el huevo medio crudo como si fuera un arma biológica.
Lo fascinante es que esta discusión es recurrente. Da igual el contexto, la edad o cuántas veces haya sido protagonista en nuestra familia, la tortilla nunca trae paz… Y el cocinero que, con toda su buena intención, solo quería hacer una cena rica y rápida, acaba en medio de una negociación diplomática más compleja que una cumbre internacional. Al final la tortilla ni siquiera importa, solo necesitamos algo sobre lo que discutir durante 40 minutos.
Por eso, hay días en que lo mejor es evitar el conflicto y recurrir a algún delicioso plato precocinado que todos creerán que es de lo más casero y lo que es mejor: ¡lo tendrás listo en 10 minutos!
El extraño caso de los ingredientes que desaparecen

Toda receta cuenta con un enemigo oculto. No es la dificultad. No es el tiempo. No es la falta de técnica. Es ese momento en el que abres la nevera y te das cuenta de que falta el ingrediente principal. Nunca desaparece el secundario, el perejil decorativo o esa especie rara que nadie usa. No, siempre se esfuma lo más importante: el queso, el tomate, la nata, la cebolla… ¡Lo esencial! Y da igual que investigues quién se lo ha comido, por qué no lo ha apuntado en la lista de la compra o por qué no lo ha comprado el mismo. Nadie reconocerá ser el culpable.
Al final no te quedará más remedio que improvisar, sustituir ese ingrediente a la desesperada y acabar creando un plato que, si bien se podrá comer, no tiene nada que ver con tu idea inicial.
Por eso, cuando te encuentres en una situación similar, recurre a una solución fácil, rápida y garantizada calidad: cualquiera de los deliciosos platos preparados de La Cuina. Y un último consejo: si siempre tienes una de nuestras especialidades guardada en tu nevera ¡te olvidarás de dramas! O no…porque, si ya las han probado, tienen muchas papeletas para convertirse en una de esas “extrañas desapariciones” que misteriosamente tantas veces suceden en nuestras cocinas.
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